Frankenstein no tiene por qué profanar cementerios
Si Mary Shelley tuviera que plantearse hoy en día escribir de nuevo su novela más conocida: “Frankenstein o el moderno Prometeo”, el doctor que da vida al monstruo no tendría la necesidad de profanar más cementerios para lograr las piezas óseas necesarias para engendrar a su criatura. La temeraria búsqueda del doctor Víctor Frankenstein carecería de sentido con sólo haber tenido a mano la tecnología en 3D, que hoy en día permite a los médicos recrear con la máxima precisión diferentes huesos del cuerpo humano para poder practicar sobre una maqueta a escala real la intervención, lo que facilita que la operación real sea mucho más sencilla.
Ya se han utilizado con éxito pelvis y caderas de pacientes en las que se han reproducido fracturas y dislocaciones, lo que ha posibilitado que el tiempo de las operaciones se reduzca y la rehabilitación sea más rápida y efectiva. Como el científico de nombre casi impronunciable que, como narrara Shelley hace casi dos siglos, intentó arrebatar el fuego a los dioses, las impresoras 3D permiten casi rivalizar con la divinidad a la hora de crear “vida”, aunque sea artificial, y demuestran una vez más la audacia del ser humano, dispuesto en su osadía a suplantar a Dios.
La experiencia dicta que el género humano es capaz de los más altos designios y también de las vilezas más despreciables, pero independientemente de la rivalidad que se quiera plantear con la deidad es cierto que sólo la ciencia ha posibilitado que alcancemos las cuotas de desarrollo, avance y comodidad que hoy disfruta buena parte de la raza humana, muy por encima de lo que hubiera siquiera imaginado Mary Shelley cuando proyectó relatar hace casi dos siglos las desventuras de un doctor que, en su enajenamiento, quiso emular la creación de la vida, terreno aún vedado para el ser humano pese a las inmensas posibilidades que ofrecen las 3D.



