Accidente

Accidente

[Martín Pedraza]

Entró con su enorme y poderoso todo terreno de una manera enérgica y a una velocidad excesiva para el tramo peatonal que llevaba hasta el portal de su casa, asustando a un hombre de mediana edad que trataba de mantener a raya su colesterol con caminatas diarias de tres cuartos de hora. Iba escuchando la radio con auriculares y no se percató del motor del vehículo, por eso dio un respingo y maldijo de pensamiento al imprudente conductor. Traía, como todos los días, a su hija de ocho años del conservatorio donde empezaba a estudiar violín. Durante el trayecto no paraban de hablar, reír y jugar. La pequeña le contaba cómo le había ido la clase y hacían planes para el día siguiente y si era viernes, para todo el fin de semana. Era una madre feliz disfrutando de su hija feliz.

Trabajaba de funcionaria de Hacienda, lo que le permitía tener una vida tranquila y solucionada con las tardes libres. Su marido llevaba años en las oficinas de una empresa de transportes. Entre los dos conseguían una cantidad importante a fin de mes que les permitía llevar un nivel de vida muy burgués. Los dos eran altos y guapos y se mantenían en forma pasados los cuarenta y cinco. Su vida social era intensa, repartida entre varias parejas como ellos, con los que compartían restaurantes, salidas dominicales, fiestas y algún que otro viaje y las familias de ambos, especialmente la de ella, cuyos padres disponían de un amplio chalet en el que se reunían a menudo para comer o para disfrutar de la piscina en la época de calor.

Su vida, en definitiva, estaba siendo como siempre había planeado. Era una mujer inteligente, vital y trabajadora que había alcanzado una especie de nirvana cuando aprobó las oposiciones después de varios intentos. Su forma de conducir no era más que el reflejo de una personalidad contundente, afianzada en su estatus económico y en tres logros principales: un novio guapo y con futuro, un trabajo estable y cómodo y una hija. El mantener una economía saludable que les había permitido comprar una buena casa y un coche de más de 45.000 euros no era más que la confirmación de que las cosas iban como había deseado. Esto reforzaba su personalidad y le hacía pisar fuerte ante sus amigas, la familia y los compañeros de trabajo. El móvil siempre a la última, las tiendas de ropa buena, los restaurantes más reconocidos y la eterna energía en la conducción y en todo lo que hacía, a veces avasallando a los demás un poco, sin darse cuenta y, algunas veces, con la maléfica convicción de hacerlo porque podía. Hasta esa forma de colocar la coleta, erecta y con todo su pelo liso recogido hacia atrás, le imprimía energía a sus movimientos. Ella, igual que su gran Mercedes, se movía como apartando el aire a su alrededor, imponiendo su éxito a todos los que se encontraba por delante. Se movía con la misma decisión con la que una impresora 3D hace la inyección de polímeros creciendo su autoestima como ese material lo hace en diferentes capas. Por eso el caminante la miró con el gesto fruncido y recriminatorio pero al mismo tiempo bajando la cabeza asumiendo que nada podía contra ella aunque tuviera el reglamento de su parte. Se acordó en ese momento de aquel amigo suyo de la infancia que había triunfado como informático en una empresa de renombre cuando un día de sol, haciendo un pequeño tramo de senderismo, le recriminó que le hubiera mostrado cómo se explota con dos dedos una de las hermosas flores en forma de campanilla de la Digitales purpurea, una planta protegida por la ley. Se lo estaba diciendo un tipo que manejaba un agresivo y consumidor Nissan Pathfinder de más de dos toneladas.

Todo eso cambió de repente. El accidente. Entre otras cosas habían comprado el Mercedes GLK  cuando nació la niña para tener la mayor seguridad posible en caso de colisión. Pero el golpe había sido con el Peugeot 208 que manejaba habitualmente su marido para ir al trabajo. Fue un golpe salvaje, no porque el utilitario fuera a mucha velocidad si no porque el tráiler venía cuesta abajo. Padre e hija quedaron aplastados en el sitio. Lo que ocurrió en un segundo supuso un cambio total en su vida.

Habían pasado dos años y seguía teniendo el apoyo de la familia y los amigos pero ya nada era igual. La tragedia no había hecho más que empezar a hacer temblar los cimientos de su existencia. El primer cambio del que ella apenas se dio cuenta es que entraba mucho más despacio a su casa por el corto tramo peatonal que llevaba al garaje de la planta baja. Ahora llegaba sola. En el interior del coche no bullía ningún tipo de dinamismo electrizante. Más bien una tensa calma más impuesta que buscada. Su forma de conducir era diferente. Ya no iba como si las horas no dieran abasto para su ritmo.

De golpe se había quedado sin las dos terceras partes de lo que había planeado en su vida. Sólo le quedaba el trabajo y a ello trataba de agarrarse pero era todo diferente. Antes, los lunes no eran suficientes para que cada una de las compañeras y ella misma fueran relatando todo lo que habían hecho con sus parejas y sus hijos durante el fin de semana. Ya no salía con el grupo de antes porque alguna vez que se dejó convencer se sintió desplazada, diferente y notó como la trataban con pena y conmiseración. Ver como jugaban los niños de los matrimonios amigos le rompía el alma. Se refugió en una amiga divorciada con un niño. Eso era algo más llevadero, pero en ocasiones tenía que salir corriendo agobiada por los recuerdos de lo que había sido su vida.

Aunque se mantenía físicamente más o menos bien, la tragedia y los años pesaban como losas y el plantearse volver a frecuentar los locales a los que acudían los sábados por la noche los de su quinta le producía más repulsión que atracción. Esos sitios estaban llenos de divorciados. Eran pocos los viudos o viudas. Ya no se sentía deseada como antes y le envolvía una especie de pereza triste que la sumía en la melancolía. Hasta su coleta parecía haber perdido rigidez. La melena ahora era más lánguida y su estructura corporal pareció curvarse. Caminaba más despacio o se había producido un cambio en su motor que así lo hacía parecer. Su nuevo ritmo no era ya el de la avanzada tecnología de tres parámetros. Había vuelto, como quien dice, a las iniciales formas de la impresión clásica. Toda su tecnología personal se retraía.

Empezó a engordar, tal vez porque salía menos de casa, porque pasaba mucho tiempo sentada frente a la tele y leyendo e incluso porque las revoluciones de su sistema fisiológico se redujeron. Ya no reía tanto ni su actividad diaria parecía la de una ejecutiva a la que le faltaban horas para hacer todo lo que tenía que hacer. Cosas como estas llegaron a hacerse notar hasta en lo más nimio: Siempre había utilizado tacones altos de aguja con los que se movía con una agilidad que no es lógica para un producto tan contraproducente para la salud de la espalda. El refuerzo de la esbeltez y la altanería que le proporcionaban compensaban todo el sacrificio pero la desaparición de sus dos seres más queridos y necesarios, que funcionaban como clave de arco en su potente existencia, le había restado fuerza para que una práctica así mereciera la pena. Se había pasado, pues, a los zapatos bajos y cómodos que le cambiaron la zancada agresiva y ruidosa por un deslizamiento más suave, corto y humilde.

Ante la imagen que empezaron a devolverle los espejos, se compró unas zapatillas de deporte y se puso a andar todo lo que la voluntad le permitía. Lo tenía fácil. El portal de su casa daba a la ruta asfaltada de color púrpura por el Ayuntamiento para tal fin. El caniche un poco cursi de la familia, al que nunca le había mostrado una especial atención, fue su principal compañero en las largas sesiones de paseo en chándal. Su compañía ahora no sólo la estimulaba para cubrir largas distancias en busca de una reactivación de su metabolismo. Su cariño se convirtió en algo importante. Le hacía caso en todo y eso la reconfortaba. Sosteniendo la correa de forma automática mientras andaba, llegó a plantearse la compra de un gato también.

El hombre de mediana edad que trataba de mantener a raya el colesterol con largas caminatas entretenidas con la radio, que además de hacer ejercicio por temas de salud física, trataba también de mitigar el tedio en el que la soledad había convertido su existencia y la caída a menudo en estados de ánimo que le llevaban a cuestionar la vida, no volvió a ser asustado por ella llegando a su garaje a los mandos de su Mercedes.

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